La teoría de las dos fuerzas internas-Reflexión

Normalmente creemos que la solución a los problemas que nos pasan como sociedad residen en factores externos que se escapan de nuestro control. Pero ¿y si pudiera haber una solución a ellos dentro de nosotros mismos?

Esa es la pregunta que me hice a mí mismo hace un par de meses y llegué a una conclusión. Una conclusión que hoy quiero compartir con vosotros.

Como sabemos, el ser humano es un ser social. Ya lo decía Aristóteles en la Antigua Grecia y numerosos científicos han seguido su tesis y han profundizado en la materia. Gracias a la aportación de estos últimos, hoy sabemos que, por el funcionamiento de las neuronas espejo de nuestro cerebro, somos capaces de ponernos en la piel del otro, de aprender, de comunicarnos etc. Y, siguiendo esta lógica, podríamos decir que una parte de nuestro interior es puramente empática. Así, esta parte será la primera de las fuerzas que constituirá mi esquema.

Habiendo mostrado este primer elemento, faltaría por mostrar la otra fuerza: la ambición. Y considero que la ambición es el segundo elemento en discordia, dado que nuestra naturaleza parte de ella para realizar todo tipo de acciones (desde las moralmente aceptadas hasta las éticamente reprobables). En este sentido, y desde mi perspectiva, la ambición se compone de dos ramas principales: el instinto de supervivencia y la escala de necesidades humanas.

El instinto de supervivencia, como bien sabemos, es el responsable de velar por nuestra seguridad y bienestar personal en situaciones críticas, lo cual es determinante para formar nuestra propia ambición. De esta manera, el instinto de supervivencia sería el elemento base sobre el cual se arma la ambición, pero no sería suficiente.

Para armar la estructura de la ambición, se debería de incluir las necesidades, las cuales vienen explicadas por la pirámide de Maslow y constituyen una prueba irrefutable de que el ser humano solo quiere más y más. Es decir, avanzar en dicha pirámide y solucionar todas sus necesidades.

Así , ambas fuerzas residen en nuestro interior y no se encuentran en armonía en muchos casos, especialmente en las situaciones externas.  De hecho, constantemente, tenemos que elegir si nos beneficiamos nosotros de una determinada circunstancia o si realmente nos enfocamos a facilitar el bienestar del otro.

Un ejemplo de todo esto sería el siguiente: una persona va por la calle con el dinero justo para el espectáculo con el que has ahorrado durante tanto tiempo y, de repente, aparece delante de sus narices un mendigo en la calle. Seguramente, el primer impulso de ella sería ayudar al mendigo, ya que se crea una sensación de malestar que el sujeto en cuestión quiere solucionar; pero, dado que tiene el dinero justo, probablemente, no le dé nada al mendigo. 

Sin embargo, si el mismo mendigo hubiera sido encontrado en una situación en la que la otra persona tuviera más dinero como para darle algo, la persona en cuestión cedería, porque el malestar en este caso es mucho más pronunciado que la necesidad del individuo.

Además, no hay que quedarse únicamente en esta esfera particular, ya que esta teoría es extrapolable y aplicable a otros campos como pueden ser los problemas económicos, políticos, sociales etcétera. En las siguientes líneas, procederé a dar un ejemplo:

En una ciudad de amplia extensión y población, una persona, que se ha metido en política, con la firme intención de ayudar y solucionar los problemas de los ciudadanos, es elegida alcalde y recibe una visita inesperada de una empresa en la que le obliga a hacer algo que va en contra de sus principios políticos (es decir, que va en contra de ayudar a sus vecinos) a cambio de una suma importante de dinero, que puede solucionar sus problemas personales. En este caso, el conflicto está servido. Por un lado, su condición moral y de servicio al pueblo, la cual está íntimamente relacionada con la empatía, puede verse truncada si acepta el dinero; y por el otro, si opta por aceptar el soborno solucionaría sus problemas personales y podría acceder a una clase social superior, lo cual estaría estrechamente vinculado a la ambición.

Como vemos, esta teoría es extrapolable a casi cualquier ámbito y explica la constante contradicción que es el ser humano. En un empeño constante por buscar la coherencia, nos damos cuenta de que nuestra propia esencia es una mera contradicción, fruto del conflicto de ambas fuerzas, aunque también admito que este sustento teórico tiene tres importantes limitaciones:

En primer lugar, y como bien se puede deducir desde un principio, son las situaciones más extremas o de las que requieren una mayor presión las que nos conducen a la generación de este conflicto. Con lo cual, esta teoría no sería aplicable a todas las situaciones relacionadas con la toma de decisiones.

Segundamente, la intensidad es un aspecto clave en esta teoría. Hay que entender que no todo el mundo parte con el mismo grado de empatía o ambición y eso puede hacer que el conflicto en algunos casos, especialmente en los que se carezca casi completamente de una o de otra fuerza, no se produzca el conflicto tal como lo he explicado.

Y finalmente, hay que considerar las circunstancias históricas, sociales y políticas de un determinado enclave, ya que la educación y los comportamientos sociales también influyen en nuestra ambición y empatía, y, por tanto, deberíamos de tener en cuenta el contexto en el que nos encontramos antes de establecer una causa única de un problema o circunstancia.

No obstante, y para acabar el texto, creo que es necesario decir que, pese a las limitaciones mencionadas con anterioridad y a que se necesitaría de más estudio para respaldarse, esta teoría puede suponer un punto de inicio clave para empezar a pensar en la incidencia real de estas dos fuerzas en nuestro comportamiento y de cómo ambas fuerzas han influido e influirán en la historia de la humanidad.

Si deseas recibir más reflexiones como ésta, no olvides compartirla con tus amigos y conocidos y suscribirte en este blog. Te espero pronto.

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