Mujeres por pedazos (1)-Relato Corto

Desde hace un tiempo, Lara lleva constatando en sus propias carnes un peculiar martirio: el incesante e intenso cortejo de los hombres por la calle. Al principio, eran unos pocos los que se acercaban a ella para hablar y pedirle el número de teléfono. Ella se reía, se divertía incluso, porque, pese a que era una chica tímida, le gustaba sentirse deseada, querida por todos aquellos desconocidos. Pero conforme iban pasando los años, el número de ellos aumentaba exponencialmente. De cuatro o cinco se pasó a decenas, a hordas de hombres que se giraban justo al verla e iban tras ella sin perder su rastro, como si fueran imanes movidos por el deseo, como abejas que acuden frenéticas a la dulce miel para saborearla. Durante metros e incluso kilómetros, todos ellos la seguían, haciendo que esta inocente práctica se convirtiera en acoso en su estado más puro. Era un comportamiento constante, casi automático, casi instintivo; pero, sobretodo, era realmente preocupante.

Los días se sucedían imparables amargando su existencia por aquel hábito con el que tenía que lidiar diariamente, y mientras tanto, su mente vagaba en un mar de dudas: «¿por qué a mí? ¿cómo he llegado a esa situación?» No había respuesta. Lo único que le quedaba era observar. Lo hacía en busca de la pista necesaria que resolviese aquel enrevesado y oscuro acertijo; lo hacía para ver si otras chicas también experimentaban lo mismo que ella. Y no, no fue así. De hecho, las chicas que se ajustaban más al canon de belleza establecido eran completamente ignoradas por los hombres. Sentía que iba a explotar. Sus músculos no podían soportar la presión y el peso que la incertidumbre ejercía sobre ella. «¿Qué está pasando?», se preguntaba mientras se rascaba la cabeza con ira y soltaba un alarido de desesperación. Definitivamente, aquello no era normal.

Corría para alejarse de ellos. Les sacaba casi diez metros y decidió doblar la esquina para que le perdieran el rastro definitivamente. Funcionó.  La ingente muchedumbre masculina seguía el camino recto en su búsqueda, y ella respiraba tranquila tras la pared de aquel callejón. Lamentablemente, su alivio sólo duraría unos instantes.

De la nada, aparecieron dos mujeres que se acercaban sinuosamente hasta donde estaba ella. Tragó saliva. Se quedó en shock. Conforme se iban acercando, las piernas y la mandíbula de Lara empezaron a tiritar sin control. El miedo la corroía. La incertidumbre de todo aquello junto con la creencia instalada de que aquellas dos guapas y esbeltas mujeres no le harían nada bueno eran motivos más que suficientes para ello. Y así fue. Las sospechas sobre sus intenciones fueron confirmadas cuando se acercaron hasta ella y una de estas le dijo:

—Ehh, tú—gritó una de ellas.

—Sssí, ¿qué queréis de mí? —preguntó Lara titubeante

—Ten esto—dijo la misma chica entregándole a Lara una tarjeta con información.

—¿Qué es? —preguntó Lara sin recibir respuesta alguna

—Si quieres seguir con vida, más te vale ir al centro de la tarjeta.

—¿Qué? ¿Por qué?

Lara parpadeó para asimilar toda la situación y al tercer parpadeo las dos chicas habían desaparecido sin darle respuesta. En ese momento, su corazón empezó a bombear sangre sin mesura y su respiración comenzó a cortarse hasta llegar al punto de que le faltaba el aire. «¿Me está dando un infarto?», pensó Lara preocupada. Luego recapacitó; se dio cuenta de que sólo era un ataque de ansiedad. Lara lo identificó porque los sufría cuando el estrés la acorralaba y la golpeaba. Para ella, eran bastante comunes. Cuando se recuperó, caminó rápidamente para perder la pista de los hombres hasta su casa y allí decidió aislarse y pensar tranquilamente sobre todo lo que estaba pasando.

Finalmente, llegó a una conclusión: debía ir. Sentía miedo, pero la amenaza de la muerte era demasiado fuerte como para no hacerlo. Además, no sabía de lo que eran capaces aquellas dos mujeres y, sobre todo, de cuándo y dónde la verían de nuevo. Bajó. La calle de nuevo estaba infectada por la turba de hombres que la perseguía y Lara consiguió encontrar el sitio sin mucha dificultad. Estaba tan cerca de su casa que apenas tenía que girar un par de calles para estar allí. La fachada no daba ninguna pista sobre lo que albergaba en su interior. Parecía algún negocio clandestino. Abrió la puerta de cristal de aquel lugar y entró. Allí ya la esperaba alguien.

Nada más entrar, en la blanca e impoluta recepción, un señor con bata blanca, calvo y con pinta de doctor chiflado la miró y empezó a relatarle de forma casi automática los beneficios de su sistema quirúrgico y de su clínica low cost. Lara no entendía nada. Su cabeza solo se movía en señal de negación, el resto del cuerpo permanecía completamente paralizado. Mientras tanto, el supuesto doctor trataba de lanzar órdagos en forma de trampas comerciales, disfrazadas de descuentos y ofertas para que Lara picara. Pero Lara se mantenía en sus trece. En ese momento, harto de tantas evasivas, la mirada de aquel extraño ser empezó a tornarse a una mucho más agresiva, más lunática, y, al mismo tiempo, empezó a agarrarla de los dos brazos fuertemente, empujándola hacia dentro de la clínica, del quirófano concretamente. Ahí fue cuando reaccionó. Su bloqueo se transformó en una reacción completamente visceral, en la que la rodilla de Lara impactaría contra los genitales de aquel viejo loco y saldría corriendo de aquel antro sin mirar atrás, mientras pensaba incesantemente: «¿qué demonios está pasando?». Se sentía frustrada, agotada y, sobre todo, confundida por todo lo que estaba viviendo. Parecía que estaba viviendo una realidad paralela en la que el mundo conspiraba en contra de ella. Pero la burbuja de sus pensamientos estalló rápidamente cuando tuvo que volver a la realidad. De nuevo, la turba de hombres en celo hacía acto de presencia para cortejarla; Lara tenía que esprintar para que no la pillasen. Lo logró. Creyó que lo peor había pasado… hasta que vio algo que haría que se le pusiesen los pelos como escarpias, algo que había olvidado por unos momentos y que era de vital importancia. Y es que, en la esquina del cruce de su casa, las dos chicas que le había amenazado hacía tan solo unos días le sonreían malévolamente mientras la señalaban. Ahí fue cuando entendió que no le quedaba mucho tiempo de vida.

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